miércoles, 22 de julio de 2015

Adiós

Uno de mis grupos favoritos me está diciendo que le dediquemos un instante a los finales que no quisimos, pero que llegaron al decir adiós.
¿Cuántos kilómetros de mensajes, de conversación? Dos amantes enlazados por un fino hilo rojo, como esa leyenda japonesa. Como si un hilo fuese irrompible, como si por el simple hecho de estar tuviese algún poder. Las cosas no están. Se ven, se tocan, se sienten, pero no se dedican simplemente a estar.
Sé que resulta un concepto romántico, casi cursi, pero es todo lo contrario. Desmonta decenas de miles de "te quiero" y mata relaciones que no dan sentido a la vida de nadie.
Y nos preguntamos qué pasó. Lo gritamos y produce eco, y eco, y más eco. Y descubrimos que no es eco, que es solo el ruidoso dolor que se ha instalado en tu pecho y sacude tu mente, y se repite en cada recuerdo.
Ya ni es amor, es pena.
Pena a que, el que un día fue el fuego más vivo de todo San Juan, hoy son solo pequeñas ascuas que se apagarán en minutos.
Minutos para prepararse un adiós. Un adiós lo suficientemente fuerte para recorrer los kilómetros de conversación, para restaurar nuestro roto hilo rojo, para sentir todo lo que antes no sentimos.
Y decidir que los adiós no son definitivos.
Porque merece la pena jugársela una vez más.

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